Reflexiones sobre la Evaluación

La evaluación es una cuestión clave en el proceso de enseñanza-aprendizaje ya que fomenta la reflexión sobre todos los aspectos que inciden en él (qué se enseña, cómo se enseña, cómo se aprende, cuál ha sido el proceso de aprendizaje seguido, cuál ha sido el resultado, qué se puede mejorar…)

Por ello, antes de responder a las cinco preguntas clave (qué, cómo, cuándo, dónde y quién) me parece fundamental tener claro que no evaluamos sólo el resultado final del proceso, que el objetivo no es que los alumnos aprueben, sino que los alumnos aprendan.

Como dice Carlos Magro, habitualmente y casi sin darnos cuenta, enseñamos a los alumnos a que lo primero es “aprobar y, después, si se puede, aprender”.

Si entendemos que el objetivo de nuestro trabajo es guiar y acompañar a los alumnos en su viaje hacia el aprendizaje, no sólo conseguiremos que aprendan sino además que disfruten aprendiendo. Y, si logramos que disfruten aprendiendo, habremos conseguido que lo hagan durante toda la vida, que no paren de crecer, de buscar, de aprender, que siempre generen nuevas preguntas, nuevas búsquedas y nuevos caminos que les lleven a nuevas formas de aprendizaje y a nuevos saberes. Una construcción y un disfrute que no abandonará nunca a nuestros chic@s.

Esta idea exige que no sólo evaluemos el aprendizaje de los alumnos sino también nuestra labor docente (qué enseñamos, cómo enseñamos, cómo transmitimos pasión por lo que hacemos, qué se nos escapa, qué se nos olvida, qué hacemos bien, qué debemos mejorar…).


Sólo entonces y teniendo estas ideas como referente deberíamos pasar a responder a las 5 preguntas clave ya las múltiples preguntas que nos irán surgiendo a raíz de ellas.





¿Qué evaluar?

La respuesta a esta pregunta parece aparentemente sencilla. Evaluaremos aquello que enseñamos. Y enseñamos aquello que el curriculum nos dice que debemos enseñar.

Sin embargo, si hemos dicho que el objetivo no es el producto final, el resultado medido en una calificación, la pregunta no parece tan simple. Debemos evaluar todo aquello que ayude al alumno a aprender:
  • En primer lugar a nosotros mismos: desde nuestra actitud hacia la enseñanza y hacia los contenidos que estamos impartiendo (sabemos que no enseñamos con la misma pasión contenidos que nos gustan que aquellos que simplemente entran en el temario) hasta nuestra actitud respecto a cada alumno (distintos alumnos suponen distintos retos y nuestra actitud ante esos retos marca nuestra capacidad para ayudar al estudiante o dificultar su camino). También nuestra metodología, ¿lo que hacemos funciona? ¿y funciona para todos los alumnos y todas las clases? ¿cuándo no funciona qué puedo hacer? ¿qué hacen otros profesores en sus clases? ¿qué puedo tomar prestado/copiar de otros colegas? ¿qué puedo implementar de nuevas tendencias y escuelas metodológicas?, etc
  • También los contenidos: ¿son adecuados a sus conocimientos previos? ¿están en un lenguaje comprensible para el alumno y además introducen retos lingüísticos para que su vocabulario se amplíe? ¿están secuenciados de un modo asequible y progresivo? ¿qué adaptaciones son necesarias? ¿cuáles son las ideas fundamentales y cuáles las secundarias?, etc.
  • Las competencias que deseamos que el alumno adquiera o consolide.
  • Las actitudes y valores que nos gustaría lograr que desarrollasen respecto a los contenidos trabajados.
  • Los procedimientos y hábitos de trabajo que esperamos que adquieran o consoliden.
  • Las actividades: ¿son adecuadas a los aprendizajes que deseamos fomentar? ¿permiten adquirir los contenidos y competencias? ¿fomentan el análisis, la reflexión y el pensamiento crítico sobre los temas trabajados y, por tanto, el desarrollo de actitudes y valores adecuados? ¿permiten que el alumno adquiera conciencia de su forma de trabajar y aprender y le ayudan a desarrollar hábitos de trabajo adecuados? ¿Retan al alumno obligándole a trabajar e investigar pero sin llegar a ser abrumadoras de modo que sienta que puede conseguirlas?
  • Los tiempos: ¿cuántas sesiones necesito para la unidad? ¿cómo organizaré cada sesión para lograr los objetivos de aprendizaje? ¿qué tiempos de trabajo, de comunicación, de resolución de dificultades desarrollaré en cada sesión? etc.
  • Los espacios: ¿cómo puedo usar el espacio para producir/reforzar aprendizajes? ¿Cómo hay que organizar el aula para las actividades propuestas? ¿qué espacios fuera del aula puedo usar o recomendar para ampliar/consolidar/reforzar aprendizajes?


¿Quién evalua?

1.   El profesor: evalúa el qué, el cómo, el por qué… evalúa a  los alumnos y se evalúa a sí mismo y a su práctica docente.

2.   Los alumnos: su participación en la evaluación es fundamental. Es necesario que el alumno reflexione (prefiero ese concepto al de evaluación que para ellos tiene tintes negativos) sobre por qué aprende, qué debe aprender al finalizar la unidad, qué relación tiene con lo aprendido anteriormente/en otras asignaturas/en su contexto y vida diaria…Que reflexione sobre cómo aprende, qué actividades se le dan mejor, qué tiempos/ayudas necesita para cada actividad, en qué necesita ayuda, en qué necesita refuerzo, qué se le da bien y puede compartir con los demás para ayudarles…

3.   Los alumnos: también es necesario que los alumnos valoren el proceso de enseñanza, las decisiones tomadas por el profesor y la metodología utilizada para dar al docente información necesaria para su reflexión personal y la planificación de futuras sesiones. Deben aprender a compartir aquellas cosas que les han servido y facilitado el acceso a los contenidos, qué han echado de menos, dónde encuentran las dificultades, qué les gustaría hacer/utilizar/lograr…



4.   Otros docentes: sería bueno, si contásemos con tiempo suficiente (aunque siempre están ratos robados a las reuniones del departamento, al café, al recreo, al traslado por los pasillos) compartir nuestras inquietudes y experiencias con otros compañeros para aprender de ellos, para enseñarles, para conocer cómo afrontan dificultades que a nosotros nos preguntan, para conocer otros materiales, para descubrir la relación entre nuestros contenidos y los suyos y encontrar modos de colaborar y retroalimentar los aprendizajes ayudando a que el alumno perciba el saber como un todo no compartimentado con utilidad en todos los ámbitos de la vida.

5.   Las familias: este es un tema siempre difícil de abordar porque hay padres/madres que se permiten valorar los contenidos y la metodología utilizada partiendo de la idea de que “cualquiera puede enseñar y, por tanto, opinar sobre la enseñanza”. Es importante dejar claro que, en esta situación y contexto, nosotros somos los profesionales, nos hemos preparado en nuestro campo del saber, nos hemos preparado en didáctica y pedagogía y no paramos de formarnos en cualquier cosa que nos ayude a alcanzar a los alumnos, tenemos la experiencia y el contacto con el alumno en un contexto educativo. Pero, una vez establecido este punto de partida, debemos ser conscientes de la importancia de hacer partícipe a las familias de la evolución de su hijo/a y de la información tan importante que ellos pueden transmitirnos: ¿cuál es la actitud de su hijo ante el aprendizaje? ¿qué cosas le gustan? ¿qué cuestiones le agobian, angustian o preocupan? ¿qué tiempo de revisión y repaso tiene en casa? ¿qué mensajes les da del día a día en el centro? ¿cómo son sus hábitos de trabajo? ¿cuáles son sus intereses?...Toda esta información permitirá atender situaciones de riesgo que pueden escaparse en el día a día, enganchar los mensajes con intereses de los alumnos para mejorar su acercamiento a los contenidos y motivarles en el aprendizaje, etc.


¿Cuándo evaluar?

         La respuesta a esta pregunta es SIEMPRE, CONSTANTEMENTE, TODO EL TIEMPO. 



            Hay que evaluar, cómo ya hemos ideo dejando claro, antes de iniciar las sesiones de enseñanza-aprendizaje para saber nuestro punto de partida y la mejor organización de las sesiones.

         Hay que evaluar en cada sesión, valorar qué recuerdan de sesiones anteriores, cuál es la situación a la que llegan a nuestra clase, de qué modo están abordando/trabajando en la sesión, cómo hay que reconducir esa sesión si algo no está funcionando…

         Hay que evaluar tras cada sesión y ver qué funcionó y qué no funcionó, qué se puede mejorar para la siguiente, qué alumnos pueden necesitar una ampliación o un refuerzo.

         Hay que evaluar al final de la unidad, al final del trimestre, al final de curso.

         Pero, sobre todo hay que evaluar cada vez que un alumno nos hace un comentario favorable o desfavorable sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje porque sólo así sabremos cómo adaptarlo, mejorarlo para guiarle y facilitarle en su camino hacia el logro de los aprendizajes, competencias, valores… que nos hemos propuesto.

         El alumno debe evaluarse al inicio de cada sesión (qué recuerdo, qué no recuerdo, qué quiero aprender, por qué me interesa esto), durante la sesión (qué no estoy entendiendo, cómo está siendo mi actitud y mi trabajo, cómo puedo mejorarlo) y al final de la misma (qué he aprendido, qué debo trabajar para consolidar, qué necesito preguntar a mis compañeros y/o a mi profesor/a para entender mejor, dónde puedo encontrar más información sobre lo que hemos visto).

         Debe evaluarse también en casa si tiene actividades de consolidación, preparación para ver qué pensaba que entendía pero que en realidad no comprende, cuál es el mejor modo de organizar el trabajo y el estudio, qué necesita preguntar en la próxima sesión de clase…


¿Cómo evaluar?

         Las herramientas de evaluación serán múltiples y variadas según lo que estemos evaluando. Me resultan muy útiles los criterios de evaluación y los estándares de evaluación pero aún más útil me resulta traducirlos en:

-      Rúbricas
-      Encuestas
-      Preguntas en clase
-      Preguntas en reuniones con los padres
-      Conversaciones formales e informales

Y, darlos a conocer a los alumnos y a las familias. Si se tiene una guía de cuestiones a valorar la reflexión y la adopción de medidas para mejorar las cosas es más sencilla y más rápida.

Relacionar los objetivos a alcanzar con ítems en rúbricas y encuestas permite a los alumnos reflexionar sobre su propio proceso de aprendizaje, mejorarlo, pedir ayuda…y facilita enormemente la labor del docente a la hora de recabar información para mejorar la práctica diaria.

¿Dónde se evalúa?

         Espero que esta pregunta, si el discurso anterior está bien desarrollado, sea evidente. Se evalúa en todos los contextos y situaciones puesto que el objetivo de la evaluación, como decíamos al principio del artículo, es el aprendizaje, y el aprendizaje debe servir para la vida diaria. Así, sólo habremos logrado nuestra misión cuando el alumno sea capaz de aplicar lo aprendido (consciente o inconscientemente) en otras asignaturas, contextos, situaciones vitales, etc.

         Nosotros evaluaremos en el aula y en la escuela. Los alumnos se evaluarán y nos evaluarán en esos mismos espacios. Pero la vida los evaluará y, por tanto, nos evaluará también a nosotros, en múltiples contextos, espacios, situaciones, disyuntivas…




Comentarios

  1. Excelente reflexión empezar por evaluarnos a nosotros mismos y al final la vida evaluará a nosotros y a los alumnos nuestra intervención educativa.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La Cultura de Centro

¿Por qué es necesario pensar sobre lo que enseñamos en las aulas?